Cada cosa lleva su tiempo, cierto, pero ¿lleva el mismo tiempo para todos? ¿sabemos con antelación cuál es ese tiempo? Saber llevar los tiempos en una oposición no es fácil. A menudo, los candidatos me han preguntado si era necesario agotar todos los tiempos de exposición que se marcan en la convocatoria. A mí la respuesta no me parece fácil, sobre todo porque no se puede responder con un sí o un no. De entrada, agotar los tiempos puede parecer sinónimo de que se conoce y se ha preparado bien el tema. Entendemos que quienes diseñan las pruebas han estimado esos tiempos como óptimos y suficientes para defender nuestros argumentos. Por lo tanto, tanto opositores como tribunales los utilizan como guía. Pero tengo que decir que desde la silla del tribunal, los tiempos se pueden hacer muy largos y puede resultar incómodo un opositor que se extienda innecesariamente o que, en cualquier caso, se exceda del tiempo que le corresponde.            
Algunos de mis compañeros consideran que lo adecuado es utilizar el tiempo marcado dejando “un minuto de cortesía”, lo que refuerza la idea de utilizar el tiempo pero no excederse. Sin embargo, otros aseguran no dar tanta importancia a la ocupación total del tiempo y sí al contenido y a cómo se expone. Ahora bien, todos suelen coincidir en dos cosas: primero, que una exposición “estirada” para que ocupe todo el tiempo marcado corre en contra del opositor; y segundo, que el ritmo de la exposición determina la percepción del tiempo por parte del tribunal. Si el candidato utiliza bien los ritmos de exposición, la cadencia adecuada en la forma de contar sus conocimientos, tiene una buena parte ganada, incluso, aunque no agote totalmente los tiempos.
Para mejorar este aspecto de la exposición: ritmo adecuado, evitar una voz monótona, no dejar que los nervios nos dominen y atraer al tribunal, es importante prepararse desde bastante tiempo antes de la prueba. Es una buena idea aprovechar cualquier ocasión para hablar en público,  para soltarnos si no tenemos experiencia y sobre todo, para aprender a dominar nuestro discurso (estas ocasiones pueden surgir en reuniones familiares, de vecinos, en clase). La voz tiene que ser alta y clara, la organización que hemos hecho de los contenidos debería verse reforzada por los cambios de volumen, la modulación del habla. Es bastante común que con los nervios se nos acelere la velocidad con la que hablamos; hay que practicar un ritmo lento y sosegado, sobre todo al iniciar la exposición para poder afianzarnos. Hablar despacio, con un tono firme y vocalizando bien transmite una gran sensación de seguridad y control y es mucho más agradable para los que están escuchando.
Algunas veces, bien por nervios o bien porque hemos creído que teníamos una buena estrategia, se actúa de una forma negativa. Determinadas actitudes, que a veces se repiten más de lo esperado, desmerecen mucho la valoración que finalmente recibe el opositor. Cosas que no deben hacerse:
  •        Nunca hay que parapetarse detrás de un portátil y no dejarse ver la cara.
  •        No hablar con la voz muy baja.  Algunas personas tienen un tono de voz excesivamente bajo por costumbre, pero es preciso trabajar para evitar esta mala práctica.
  •        No estar rígido o estático durante la exposición; nos podemos mover hacia la pizarra o la pantalla de presentación y acompañar la exposición señalando allí, con las manos, los puntos que refuerzan nuestro discurso.
  •        Por el contrario, tampoco es adecuado moverse en exceso, y nunca nos pasearemos con demasiada familiaridad ni delante ni mucho menos detrás de la mesa del tribunal.
  •        No mostrar aburrimiento por lo que se está contando.

Al hilo de este último punto, creo que la mejor estrategia para que nuestra exposición tenga ritmo y consiga la mejor respuesta que esperamos del tribunal es creernos lo que estamos contando, tener entusiasmo por el trabajo que hemos preparado y exponerlo con el convencimiento de que vamos a gustar.